Primer capítulo de Kazbek

agosto 20, 2010 admin No hay comentarios

I
El señor Peer entregó a Kazbek una carpeta de cuero de
camello con dieciséis dibujos de insectos. Le dijo que cada
dibujo debía ir acompañado de un texto, hasta completar un
Libro de Pequeño Formato. Podía escribir lo que quisiera. Incluso
transformar el texto en algo más que un comentario
añadido a sus dibujos.
Kazbek revisó cada uno de los dibujos y se empezó a preguntar
qué es, exactamente, un Libro de Pequeño Formato.
Al día siguiente viajó de regreso a Barcelona, colocó la carpeta
sobre un anaquel y olvidó los dibujos que el señor Peer le había
entregado en Guayaquil.

Los insectos se dibujaron con tinta negra sobre papel
blanco en diciembre de mil novecientos noventa y nueve. El
señor Peer utilizó un bolígrafo Uniball II micro, marca Mitsubishi.
Lo inspiró el miedo de los habitantes de Quito por
las erupciones del volcán Pichincha. El señor Peer los llama
bichos. Según él, vivían en la oscuridad del volcán y salieron
debido a las erupciones, nunca supo si antes o después de las
erupciones, o bien antes y después de las erupciones. Empezó
a dibujarlos pensando en obsequiarlos como tarjetas de navidad
para un reducido grupo de amigos. A medida que los
realizaba se convirtieron en dibujos que no se debían entregar,
aunque nunca supo exactamente por qué. El señor Peer terminó
los dibujos, exorcizó el miedo ante la erupción, los guardó
en una carpeta de color manila y se dijo que uno nunca sabe
para quién trabaja.

¿Era Kazbek el destinatario de aquel obsequio frustrado?
¿Sólo han pasado a sus manos para continuar un proceso de
metamorfosis? ¿Qué es lo que realmente le devolverá al señor
Peer cuando haya escrito esos textos, si los escribe alguna vez?
Lo que en realidad Kazbek tenía entre manos era empezar la
novela en la que había pensado los últimos años.

El señor Peer sostiene que no se le debe exigir nada al
artista, salvo que sea coherente consigo mismo. Por eso hay
que recibir la obra de un artista como un regalo destinado
a sabotear el hambre del lector. Cuando éste quiere algo en
concreto y el artista piensa en lo que el lector espera, y crea
para satisfacerlo, el arte ha muerto, sostiene el señor Peer. Sería
como regalarle un espejo, añade, verá su propio rostro al
precio de cubrirle el horizonte.

Nueve meses después, a pesar de reiterados intentos de
escritura durante el día y la noche —sobre todo durante la
noche—, las páginas de su Gran Novela no convencen a Kazbek.
Su personaje principal, Dacal, se le escapa. Se da cuenta
de que su proyecto ha fracasado. Mientras ordena sus papeles,
encuentra la carpeta con los dibujos del señor Peer. La abre,
los mira, y piensa que no le gusta la palabra bichos. Él lo que
ve son escarabajos. Luego se pregunta qué necesidad pueden
tener de sus palabras esos dibujos. Incluso se hace una pregunta
extrema: ¿qué necesidad pueden tener los demás de sus
palabras? Ha tocado fondo. De seguir pensando así, puede ser
su final. Sin embargo, Kazbek duda de la expresión tocar fondo
porque se trata de una metáfora. Sabe que con el lenguaje ese
fondo último no es más que silencio y que el silencio, tarde o
temprano, termina por rasgarse, sólo que ahora no da con las
palabras. Decide que lo mejor es salir a tomar un poco de aire
a una cafetería frente al mar. A punto de salir, suena el teléfono.
Es el tipo de llamada que siempre le parece la más urgente
e imprescindible. Además, puede ser Isa que, de nuevo, no se
resiste llamarlo desde Guayaquil fuera de la hora prevista.

El señor Peer nació en Berlín. Se educó en escuelas de
arte de Dresde y París. En mil novecientos sesenta y dos se
trasladó a vivir a Ecuador, el país atravesado de volcanes, que
era como lo definía a sus amigos alemanes evocando las palabras
de Humboldt. En este país estudió su luz, su flora y su
fauna. Se apropió de los elementos de la cultura local. Lo hizo
de manera muy libre, precisamente porque no era su tierra de
nacimiento y él no era un artista local. En realidad, huía de los
monstruos que, en apariencia muertos, se solapaban en Europa.
Su mirada quería descansar, así que se llenó de la luz y los
animales de su nuevo país. Creó diseños de flora y fauna llenos
de color, con formas redondas y amables donde el rojo se eleva
a un puro ardor y el amarillo es la esencia de un campo de girasoles.
Mejoró y tergiversó para siempre esa flora y esa fauna.
Muchos seguidores de sus trabajos viajaban al país atravesado
de volcanes atraídos por los diseños del señor Peer. A los pocos
días, se decepcionaban. La fauna —iguanas, cangrejos, pangules—
y la flora —manglares, cactus, ceibos— no tenían los
mismos colores puros y las curvas suaves de los diseños. Los
seguidores no habían hecho el viaje correcto: fueron a una
geografía y no a la imaginación del señor Peer.

El señor Peer quiere que sus bichos sigan atravesando la
oscuridad para salir a la superficie de la página. Quién sabe
a dónde y quién sabe a qué saldrán. Como ocurre en toda
historia, mientras el lector se concentra en los pasos de un
personaje, los otros no dejan de avanzar. Imaginar una correspondencia
en la marcha general de los personajes es el reto
que el tiempo plantea en la mente del lector. Hace del lector
un viajero en busca de la luz. El tiempo lo lleva, en secreto,
a un mirador simultáneo ubicado en el punto más alto de su
memoria. Los personajes de ese libro también son viajeros en
busca de la luz, pero es distinta. Son cargadores: llevan en sus
hombros el mundo de quienes lo están leyendo. Los bichos
avanzarán, subirán por la piel del lector y llegarán al centro
del cerebro que hierve de conexiones luminosas y, a veces, de
oscura luz.

Quien lo llamó por teléfono no fue Isa sino aquel personaje
que lo ha atormentado durante años y sobre el que no
puede escribir la novela: Dacal. Kazbek no sabe cómo decirle
que no y acepta reunirse en la cafetería frente al mar. No se
trata de una fantasía, ni es un personaje rechazado como lo
son los personajes de Unamuno o Pirandello. Dacal es un antiguo
jefe que tuvo en la época en que trabajaba en publicidad.
Kazbek y sus amigos, también discípulos de Dacal, han escrito
una serie de relatos sobre él. Nunca los firmaron. Preferían
mantener el anonimato porque eran cuentos corales, narrados
en plural, donde cada uno aportaba un punto de vista. El grupo
se dispersó por medio mundo y Dacal se marchó a Lima.
Sólo uno retomó contacto con él, porque también se fue a vi19
vir a Lima. Por este amigo, que pidió seguir en el anonimato,
Kazbek se enteró de que Dacal llegó a tener los cuentos que
habían escrito sobre él. Le preguntó cómo los había tomado.
Y el amigo anónimo dijo que nunca lo supo. Dacal se había
marchado al sur de Lima, para instalarse en las cercanías de
Nazca, en el desierto de Ica.

El señor Peer representó en París, en mil novecientos sesenta,
una obra de teatro que escribió Picasso: Le Désir attrapé
par la queue. En agradecimiento, Pablo Picasso le obsequió
un ejemplar dedicado de un libro de cien aguafuertes: Suite
Vollard. En la dedicatoria manuscrita, la caligrafía de Picasso
ocultó una letra del nombre real del artista y lo bautizó como
Monsieur Peer. Escrita la dedicatoria, el recién bautizado señor
Peer le dijo que se había comido una letra, y Picasso respondió
que se veía mejor así, con esas dos letras iguales que, como las
de su propio nombre, Picasso, parecían vibrar y hacían entrar
en movimiento a la palabra hasta abrirle una fisura. Por esa
fisura debían entrar (o salir) las experiencias más radicales del
sueño y la imaginación. El señor Peer aceptó el nombre con el
que lo bautizaba Picasso. Nunca más se volvieron a ver.

¿Qué es un Libro de Pequeño Formato?, le pregunta Kazbek
al señor Peer. Éste le responde punto por punto con un
total de nueve aproximaciones. Dice que es
1. Un libro corto que parece no agotarse nunca.
2. Un libro que puede perderse porque no se lo olvidará.
3. Un libro que, como una navaja, entra y sale cortante
en el cuerpo cerrado de la Biblioteca.
4. Un libro que no tiene pretensión de dar el Gran Golpe
Definitivo.
5. Un libro que despierta en el lector curiosidad por el
autor que lo ha escrito, hasta ese momento absolutamente desconocido.
6. Un libro que el lector no tenía previsto encontrar.
7. Un libro del que nadie sabe a qué género pertenece ni
qué ha dicho la crítica ni en qué editorial ha sido publicado.
8. Un libro que el lector no sabe ni quiere resumir sin que
se subvierta y destruya su contenido.
9. Un libro que crea silencio para escuchar cómo fluye la
fuente.

Dacal es inasible para Kazbek. ¿Por qué se le escapa? Kazbek
piensa que la imagen que lo inspira —la de un hombre
perdido en un desierto— no permite que ninguna narración
lo atrape. Dacal en el desierto es un puro instante de disolución,
donde no hay un hito, un clímax que explique la decisión
de retirarse a un pequeño poblado del desierto de Ica. Como si
se resistiera a las redes causales de la novela, el personaje ha elegido
un lugar esquivo para que lo dejen en paz. En el desierto
no puede ser narrado, piensa Kazbek. Y algo más interesante
todavía: no quiere ser narrado. Sólo quiere decir sus propias
palabras. Él, Dacal, es el narrador, el que construye su propia
secuencia de palabras. Quizá ese espíritu gregario del grupo
de amigos, que tomaba la forma de un narrador plural, podía
atrapar a Dacal en los tramos breves de un cuento. Lo que
hacían era citar lo que él decía. Sin embargo, Kazbek sospecha
que puede haber otra fórmula. Piensa: sólo un hombre puede
seguir a otro hombre y volver con el mensaje. Se lo repite una
y otra vez como un conjuro que no entiende: sólo un hombre
puede seguir a otro hombre y volver con el mensaje.
Suena el teléfono. Kazbek mira su reloj. Esta vez sí es la
hora prevista para conversar con Isa.

Los temas de Picasso en los aguafuertes de la Suite Vollard
son cuatro: el estudio del escultor, reinterpretaciones
de Rembrandt, violaciones y el Minotauro. Pero los temas
dominantes son dos: el estudio del escultor (cuarenta y seis
planchas) y el Minotauro (quince planchas). El tema del Minotauro
es diferente a las versiones lúbricas de los sátiros, con
cabeza humana, de la que nacen cuernos y piernas que terminan
en pezuñas. El Minotauro, en cambio, tiene en la cabeza
la figura salvaje del toro y en algunos casos mantiene un
rostro humano. El Minotauro no es salvaje: la cabeza de toro
es corona violenta de un cuerpo perfecto. Pero el Minotauro
no puede librarse de su cabeza. Picasso crea belleza que no
entiende, crea monstruos y laberintos para defender aquello
que no entiende. Los grabados de la Suite Vollard son tanteos,
aproximaciones, movimientos libres del ácido mordiente en
la plancha por la que se desplazan sus preocupaciones sobre
el proceso creativo. La Suite Vollard es un libro de circulación
restringida. La secuencia de exposición de sus temas sigue el
movimiento del espíritu que la inspira, sin finalidad ni propósito.
Son huellas de metamorfosis. Son animantias, cosas
vivas. El artista siempre las atrapa, como el deseo, por la cola.
Y en el último instante.

Kazbek le dice al señor Peer que esos nueve puntos son
acertados como definición de un Libro de Pequeño Formato.
También le pregunta si es intencional que sólo sean nueve
puntos y no diez. A lo mejor lo ha hecho así para que sea
asimétrico. El señor Peer le dice que la simetría es imprescindible
y que, en el arte contemporáneo, hay que componer
de manera que parezca asimétrico. Piensa en artistas como
Palazuelo, Chillida, Gaudí o Greenaway. Incluso en músicos
como Mompou. Y añade el señor Peer: siempre deja oculta la
parte que completa la simetría para que se revele en el momento
oportuno.
Sin embargo, Kazbek insiste en saber cuál es el décimo
punto. —Te lo diré —dice el señor Peer— pero prométeme que
no lo pondrás nunca por escrito.
Kazbek lo promete.
Y lo cumple.

Cuando Kazbek recibió los dibujos había entrado en
erupción otro volcán, el Tungurahua. El escritor había recorrido
días atrás las cercanías del volcán. Caminó bajo la lluvia
de cenizas que esparció el viento y sintió las cenizas en la
garganta y se quedó sin voz. Él ya no iba a hablar durante los
próximos meses.
¿Qué había ocurrido para que se produjera esa correspondencia
de dos volcanes en erupción para que el señor Peer
dibuje y Kazbek reciba esos dibujos y se ponga a escribir? Piensa
que es cuestión del señor Peer, que se estremece con los
volcanes, y ahora ha abierto una puerta para hacerlo entrar en
ese estremecimiento. A su manera, lo ha salvado del desierto
en que se estaba convirtiendo escribir sobre Dacal. Eso supone.
Y piensa que los artistas necesitan establecer hitos como
postes de un ring imaginario. Una vez puestos, empieza un
movimiento que hace girar los postes a una gran velocidad y
éstos dibujan un círculo. Dentro de este círculo, se inicia al
combate.

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