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“La patria está en los momentos de escritura”
Por Gastón García - Catálogo Bogotá 39, 2007
A partir de un libro de cuentos sin fin, Leonardo Valencia ha escrito todo lo demás y ha desarrollado, más que un tema, un modo de ser: el desarraigo. Lo conversamos en un avión, volando a Bogotá. Leonardo Valencia nació en Guayaquil en 1969. Vive en Barcelona. Ha publicado el libro de “cuentos progresivos” La luna nómada, y las novelas El desterrado y El libro flotante de Caytran Dölphin, un “adiós a la novela, un libro vuelto contraseña, descubrimiento luminoso en un saldo”.
¿Cómo flota un libro?
Como un barco en la memoria.
¿Cómo muta un libro de cuentos en novela?
Por historias que se siguen ramificando y en algún punto se encuentran, se anudan y luego siguen la marcha.
¿Quién es Caytran?
Un desaparecido. Pero también un fantasma que no termina de irse.
¿Cómo se inunda Guayaquil?
En la novela ocurre con la imagen de un ciego que sirve una jarra y no se da cuenta que la ha desbordado. En la realidad, Guayaquil podría hundirse porque está sobre las placas del Círculo de Fuego del Pacífico, que van desde Alaska hasta la Antártida. Pero el futuro será más prosaico, como siempre: probablemente Guayaquil desaparezca bajo las aguas del calentamiento global porque está al nivel del mar.
¿Qué sentías en el cuerpo al momento de escribir cómo se inunda tu ciudad?
Un miedo que viene de la infancia, cuándo veía en el muelle del estero de mi casa cómo subía la marea e imaginaba que nada la detendría.
¿Qué lugar ocupa el ensayo entre los escritores contemporáneos?
Precisaría respecto al caso latinoamericano. Creo que se ha producido una desconexión. Se ha continuado la tradición de magníficos novelistas, pero en ensayo vamos escasos, y esto es grave porque sí hay un modo latinoamericano de pensar la literatura que no obedece a la centralidad europea. En otras tradiciones, el ensayo escrito por novelistas es paralelo a su obra narrativa. Los poetas latinoamericanos son los que sostienen hoy en día la tradición del ensayo de escritores, como Eduardo Chirinos, William Ospina, Gustavo Guerrero, entre otros. Como ensayistas natos, destaco tres que me interesan particularmente: el mexicano Christopher Domínguez y los argentinos Beatriz Sarlo y Tomás Abraham.
¿Qué le depara a la novela la hibridez de géneros?
Creo que es uno de sus retos permanentes. Cuando la novela se estanca en una especie de cajón de historias, con esqueletos previsibles, los escritores y los lectores empiezan a tener un apetito más exigente por la forma y el riesgo, más que por la correcta redacción y el saqueo de tramas de la historia o la crónica. Pero como decía Henry James, siempre vivimos en la era de la novela barata.
¿Hay una postura poética que defender con la escritura?
Me interesa lo que alguna vez señaló Cortázar, sobre la abolición de las fronteras entre lo poemático y lo novelesco, que no consiste en hacer prosa lírica ni novela rosa, sino en un sentido de exploración en la novela que viene de una concepción de riesgo de la que la poesía es gran maestra. La poesía siempre es riesgo en el lenguaje, y la novela es el espacio donde pueden jugar todos los riesgos.
¿Como escritor, en qué medida estás marcado por la experiencia de la migración?
Una buena respuesta podemos encontrar en El enigma de la llegada, de Naipaul. La emigración es una pantalla donde se superponen deseo y memoria, futuro y pasado. La banda sonora, en cambio, siempre la toca el presente. La parte visible del fenómeno migratorio está en la llegada. Pero es interesante explorar las causas para esa migración, su historia oculta, que siempre termina por salir a la luz.
Escribir sobre el desarraigo, ¿qué produce en ti?
Una sensación de refugio y de calma. No creo que la verdadera patria del escritor sea el lenguaje o su biblioteca.
Es más precario todavía. El hogar o la patria, o como se lo quiera llamar, está en los momentos de escritura. Se puede resistir mucho cuando has podido escribir lo que querías. Pero esto también desaparece, a lo más es intermitente. Así que no hay ninguna forma de permanencia.
Bogotá 39: “Es el encuentro más entrañable en el que he participado nunca. Además, una oportunidad de reencontrarme con Colombia y dejar en calma la conjetura sobre la vida que pude haber tenido en Bogotá y que nunca tuve.”
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